
Hace ya un tiempo que vengo desencantado de escuchar hablar tanto sobre mindfulness de un modo tan liviano y superficial por muchos lados. Su simpleza parece ser fácilmente manipulable por cualquier oferta barata de bienestar momentáneo donde sea “no pensar por un rato” y “relajar un poco”. Como si fuera una oferta mas de la góndola de autoayuda de nuestra época facilmente instrumentable en cualquier espacio de técnicas meditativas, relajantes o esotéricas. Ofreciendo un simple técnica de relajación momentánea o un simple vivir el momento al mejor modo de un adolescente despreocupado. Tanta oferta en liquidación me deja una sensación amarga y empalagosa frente a algo tan inagotable y liberador, caricaturizado por una sociedad de consumo que “mira sin ver” (Mt 13.13) el alcance y la profundidad de una sabiduría de siglos.
En esta movida cultural, la oración contemplativa cristiana cae en la misma bolsa reduciéndose a un mindfulness liviano con una “onda cristiana”, desde una intuición religiosa difusa donde “si te hace bien a vos por un rato, esta bueno”. Y de paso no meterse demasiado en el lejano oriente que puede asustar un poco, para sentirse un poco más “en casa” con los seguro y conocido de nuestra educación cristiana.
Hace un tiempo un franciscano amigo mio, contemplativo hasta el último rincón de su ser me decía que lo que vivía en la meditación era lo mismo que experimentaba cuando dormía incómodo en la vereda con personas de la calle, comiendo lo que había y a la intemperie. Nada más alejado del modelo de confort burgués en el cual se suele asociar el mindfulness, más parecido a un spa sin preocupaciones y alejado de los clamores de la injusticia social. Como si la antigua “fuga del mundo” de los primeros monjes hoy se resignificó en la oferta de mindfulness en la “búsqueda de confort y bienestar burgués” alejado de la conflictividad social o como un privilegio para clases acomodadas.
Porque desde el cristianismo, la contemplación es un proceso profundo donde no se busca meramente aliviar algún tipo de tensión corporal o mental sino que busca una transformación radical de la identidad profunda de una persona. El que quiera un alivio momentaneo sera como los contemporaneos de jesus que buscaban milagros para curarse en un principio, pero que luego de un tiempo jesús ya no podía realizar más curaciones por su falta de fe. Buscaban alivio pero no un proceso profundo de transformación. Frente a ellos Jesús no podía hacer mucho porque no saciaba sus anhelos de consumo liviano.
El proceso contemplativo incluye la meditación formal como una mediación valiosísima, pero la trasciende. Si la dinámica contemplativa no se expande tambien en un camino de autoconocimiento honesto, en una sanacion de los vínculos más cercanos y sobre todo familiares, en una clave de entender el sentido del trabajo y la economia con un horizonte inclusivo y social y en la necesidad de traducir su belleza y profetismo en la cultura… sino es asi tarde o temprano se reduce a una práctica incompleta y hasta alienante. Ya que no son los que dicen “Señor, señor sino lo que cumplen la voluntad de mi Padre” (Mt 7. 21) los que verdaderamente entran y contemplan la cercanía del reino en medio de la historia y los hermanos.
Un proceso contemplativo verdaderamente cristiano apunta al núcleo personal más íntimo de la persona. Busca sumergir y despertar la consciencia personal en el propio ser más desnudo, más allá de todo mirada externa que apruebe o “gustito” que sostenga para descubrir la libertad y el amor que desde Dios puede experimentarse. No es una técnica sino acción de Dios sobre el hombre. No es un estado sino un proceso, una dinámica, un camino hacia una consciencia interior. Porque en su disposición de quietud interior prolongada comienza un revolución. En el proceso contemplativo Dios va trabajando el fondo del corazón humano, lo va despojando y sanando, potenciando y fortaleciendo para reproducir en nuestra realidad lo que Jesús vivió en su tiempo. Dios va desmantelando radicalmente nuestra imagen social y nuestra sutiles adicciones cotidianas que nos identifican y nos dan una sensación de seguridad para ir atravesando una nada y un vacío necesarios e ineludibles. Porque esa nada y vacío se vuelven capacidad y apertura para dejar brotar su presencia oculta dentro de nosotros. Desde nuestro ser que antecede a toda forma o figura personal, atravezado por un presencia que coexiste desde nuestro primer aliento de vida. Desde donde dios Es y desde donde yo Soy.
Esta experiencia tan anhelada por todo hombre que desea “ser querido por lo que es” es terrorífica a su vez, porque despoja de todo soporte humano similar a una muerte en vida, y pone al hombre frente al abismo de la fe ¿a quien no lo aterra soltar esa sutil dependencia al prestigio, al buen visto, al reconocimiento social? ¿a soltar ese aferramiento a nuestros afectos o grupos de pertenencia? ¿Quien no necesita sentirse exitoso o productivo para encontrar un lugar valorado en nuestra sociedad? Muchos tienen miedo a enloquecer al no reconocerse desde este lugar, como si pudieran sentirse “sin forma ni hermosura que atrajera sus miradas, sin un aspecto que pudiera agradarnos” (Is 53. 2). La sensación de una soledad inhóspita pueda asustar inicialmente. La identidad social comienza resquebrajarse, como un templo vacio que no puede contener la inmensidad de la presencia de Dios que trasciende nuestras medidas humanas. El que a esto no le pese, que tire la primer piedra (Jn 8.7). Porque el contemplativo se va dejando despojar de estos ropajes para sumergirse en esta desnudez y pobreza frente a Dios, y así ir abriéndose a la belleza de este encuentro. Este proceso necesita que su vida cotidiana se transfigure si o si en actitudes inclusivas y opciones concretas con los más desfavorecidos para darle plenitud a la encarnación de esta dinámica.
De aquí se entiende que este proceso contemplativo sea un lenguaje muy duro y que no siempre tenga el mejor raiting. Es lo que sucede con Jesús cuando la gente empieza a dudar y a decir “es muy duro este lenguaje” y muchos empiezan a dejar de acompañarlo. (Jn 6. 66). “¡Bienestar si! ¡Vacío no! ¡Relajar si! ¡Compromiso no!” rezan los seguidores de las góndolas del consumo liviano.
Pero es necesario trascender los simples alivios que la contemplación puede traer inicialmente, para descubrir la hondura que propone como camino existencial y espiritual. Creo que de esa manera ese empalague inicial puede convertirse en auténtica saciedad: “El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo lo daré nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la vida eterna” (Jn 4. 13-14)
Esteban Azumendi. Enero 2019.