Jalics secuestrado medita. Testimonio.

Cuando la meditación no es un SPA para aislarse del mundo lejos de los problemas.🧘🏽‍♂️Testimonio de Francisco Jalics, acerca de como meditaba durante su secuestro en la dictadura.

«Durante un largo secuestro que viví, hice un importante proceso interior. Era la época de la guerra civil entre agrupaciones de extrema derecha y extrema izquierda de la sociedad argentina. En aquel entonces yo vivía con un compañero a un costado de la villa de emergencia del Bajo Flores de Buenos Aires. La Iglesia oficial y nuestros superiores nos encomendaron, pues, la misión de ir a vivir entre los pobres. Pero mucha gente que sostenía convicciones políticas de extrema derecha veía con malos ojos nuestra presencia en las villas miseria. Interpretaban el hecho de que viviéramos allí como un apoyo a la guerrilla y se propusieron denunciamos como terroristas.

El 23 de mayo de 1976, un domingo por la mañana, trescientos soldados fuertemente armados y patrulleros policiales rodearon nuestra casucha situada al costado de la villa miseria. Después de copar toda la zona, penetraron brutalmente en nuestra vivienda, nos sujetaron las manos a la espalda, nos encapucharon, casi asfixiándonos, y nos secuestraron. Durante cinco días estuve tendido sobre el piso de piedra, prácticamente sin comer, encapuchado y con las manos esposadas a la espalda. Mientras tanto, mi compañero la estaba pasando bastante peor que yo. Le habían administrado drogas, para que así, narcotizado, dijera lo que de otro modo no diría. Habían estado convencidos de que éramos terroristas. Al quinto día nos trasladaron a una vivienda particular. Nos quitaron las capuchas y, en su lugar, nos colocaron vendas sobre los ojos, con lo cual dejamos de sentimos asfixiados. En lugar de sujetamos las manos a la espalda nos esposaron por delante, lo que significó un alivio al estar acostados.

Ese mismo día se acercó a nosotros un oficial y nos comunicó que éramos inocentes y que él se ocuparía de que pudiésemos volver lo antes posible a nuestra villa miseria. Estas fueron las últimas palabras que escuchamos con relación a nuestro secuestro en cinco meses. Hasta el final de nuestro cautiverio estuvimos esposados. En todo momento tuvimos una pierna sujeta a una pesada bala de cañón. Hasta el momento de la liberación permanecimos con los ojos vendados.

Mucho antes, los dos habíamos comenzado a meditar con la simple repetición del nombre de Jesús. Según pasaban los días, de la mañana a la noche, repetíamos esta sencilla oración con nuestra respiración.

Cuando al quinto día el oficial nos aseguró que saldríamos en libertad, evidentemente comunicó esta decisión a los ocho suboficiales que nos vigilaban. Uno de ellos nos informó aquella misma noche que las excarcelaciones siempre tenían lugar los sábados. Me alegré, pues era viernes.

Pero pasó el sábado y no nos liberaron. Me puse furioso. La injusticia de verme privado de mi libertad, pese a mi manifiesta inocencia, me provocaba un profundo sentimiento de impotencia e IRA. Esta ira estaba dirigida más que todo hacia el hombre que había hecho la falsa denuncia contra nosotros. Después de pasar un día sumergido en esta rabia impotente, me dominó un MIEDO intenso: «¿Qué sucederá?». Volvía a tomar forma el fantasma de la ejecución. El miedo, asociado a un estremecimiento interior, duró un día y medio. Luego me invadió la DEPRESION: «¡Todo está perdido!».
Ni aun hoy me parece exagerado este sentimiento. Cuando después de varios años fueron procesados los comandantes responsables, de las seis mil personas que sólo este grupo militar había secuestrado no quedaban otros testigos sobrevivientes más que nosotros dos. Todos habían sido asesinados.

Al cuarto día me invadió una TRISTEZA indescriptible. Debió pasar otro más hasta que al fin pude ponerme a llorar. El llanto duró horas enteras. Sólo entonces me sentí aliviado y pude tranquilizarme. Lleno de esperanzas aguardaba el sábado siguiente, que no estaba muy lejano, pues gran parte de la semana ya había trascurrido inmerso, como estaba, en las reacciones nombradas. Cuando tampoco fuimos liberados en esta ocasión se repitió el mismo proceso: ira, miedo, depresión, tristeza y llanto. En tres o cuatro días recorría toda la gama de estos sentimientos. Nuevamente se prendía la luz de la esperanza aguardando el sábado siguiente. Este proceso interior se reiteraba todas las semanas de la misma manera a lo largo de tres meses y medio. En tanto, seguía repitiendo el nombre de Jesús en mis meditaciones.

Después de tres meses y medio, los ciclos de este proceso se hicieron más breves, aunque se repitieron día a día hasta la fecha de nuestra liberación: ira, miedo, depresión, tristeza y llanto, con algún día más sosegado de tanto en tanto.

Después de mi liberación, mis amigos insistieron en que pasara cierto tiempo en el extranjero, y así me trasladé a Alemania. Comencé a guiar a otros en sus ejercicios espirituales y fui notando cada vez más que en mi interior se había operado un profundo cambio. Había desaparecido por completo esa leve depresión subliminal que yo siempre había padecido, como también cierta agresividad que me era propia. Nunca volví a sentirlas. Los meses de secuestro y prisión y la proximidad de la muerte, unidos a la constante repetición del nombre de Jesús, habían provocado una PURIFICACION PROFUNDA EN MI INTERIOR.

La quietud puede poner en movimiento muchas cosas en el interior del hombre, un increíble proceso de purificación y transformación a través de la meditación».

P. Francisco Jalics, jesuita. «Ejercicios de contemplacion». Cap 5.

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