
El silencio. Un abismo callado y sonoro donde me asomo al misterio de mi ser y lo real.
Por un momento todo empieza a detenerse. Ya no hay prisa. La mente se acalla y el contexto emerge. El instante mismo me atrae y empieza a concentrar mi atención. Escucho. No soy mi acelere, no soy mis problemas por resolver, mis proyectos por lograr. Intuyo que hay algo más allá de todo ese ruido. Una ráfaga de descanso me alcanza.
Es necesario tomar distancia y dejar el día a dia un poco más lejos de mi para recuperarme desde dentro. Me descubro fragmentado, cansado, tironeado. Volver a sentirme desde lo genuino, tal como me voy sintiendo. Desde mi centro, recuperando el corazón ahogado por las urgencias y las expectativas externas. Dónde algo primario empieza a encenderse nuevamente.
Dónde las opiniones ajenas empiezan a sentirse un poco más ajenas. Donde se escucha la visagra del adentro y el afuera abriendo un espacio intermedio y sagrado.
Permaneciendo con lo que traigo. Sintiendo lo que me ha afectado y quedó cargado en mi cuerpo. Esa tensión disimulada, ese peso resistido, ese suspiro contenido. Un aire fresco recorre cada extremo del cuerpo y empiezan a sonar las sensaciones esenciales de la vida.
Respiro. Hago una pausa. Lo que me urgía se percibe más secundario aún. Esperando que la agitación pierda su envión. Lo que me preocupaba se disuelve por un momento para quedarme desnudamente conmigo mismo. Una breve muerte como portal a una consciencia más honda. Dónde ningún proyecto o aspecto de mi vida puede ser jerarquizado como indispensable e intocable, y voy soltando un poco más el miedo a la libertad y a la muerte. Dónde intuyo que no soy lo que hago ni mi circunstancia, soy más que todo eso.
Silencio. Donde crujen las insatisfacciones abrojadas del camino dificil. Dónde hace ruido lo confuso, lo molesto, lo irritante. Dónde grita el dolor, la injusticia. Dónde me siento impotente para aliviar el sufrimiento inevitable de los que más quiero. Dónde me peleo con otros por no ser bien entendido o ser mal interpretado. Dónde incluso no me entiendo y hasta puedo no gustarme. Aceptando serenamente el no entenderme y no ver claro, sin inquietarme. Respetando pacientemente el tiempo que el corazón necesita para ir desvelando su verdadera naturaleza.
Dónde me encuentro con mi cruda verdad, con mis contradicciones y mezquindades. Dónde me duele verme imperfecto y me asusta el ser rechazado. Dónde me siento insuficiente. Dónde reconozco que lastimo inevitablemente a otros, incluso a los que más quiero. Dónde necesito el contacto tierno y afectuoso de otros que me hagan sentir por un momento que: «está todo bien». Donde el pecho oprimido se abre y puedo respirar un poco más libre: todo puede estar.
Dejando que lo que es relato y artificio se caiga, venerando humildemente el misterio de la realidad que siempre está más allá de mi comprensión intelectual, aún cuando todo lo que suponía pueda derrumbarse.
Se va aliviando el equipaje de fundamentalismos que aprisionan. Jugando con conclusiones provisorias que podrán ir afianzándose o no con el tiempo, recreándome una y otra vez desde una humildad desprotegida y liberadora. Aceptando esa suave tensión hacia una verdad que existe por sí misma y concentra mi anhelo pero que no alcanzo a agarrar. Verdad tan inasible como irreductible, tan evidente como esquiva. Despojado de claridades, me voy reconociendo en camino.
Escucho. Desde el misterio único de ser yo mismo y no otro, dónde compararme no hace más que violentar mi esencia. Me descubro radicalmente solo ante mi futuro. Donde no puedo transferir a otro la responsabilidad de hacer de mi vida una creación única e irrepetible. Soltando toda resistencia al error me hago uno con esa soledad, la transpiro y acepto. Salto al aparente vacío.
El corazón aquietado comienza a devolver aquello que necesita cantar como una suave ola que se acerca a la orilla de mi consciencia.
Dónde resuenan un poco más claros los deseos e intuiciones que van entretejiendo la trama invisible de mi historia.
El instante se vuelve nítido e intenso. Se va enlenteciendo el tic tac de las horas, mientras todo continúa encendido, cada vez más expectante. Cada segundo es denso y liviano a la vez. La mente se despeja y el cuerpo se afloja. Un imperceptible calor va surgiendo desde dentro de mi pecho en la medida que detengo toda prisa o acción. Calor que se irradia hasta derretir las durezas que dividen mi cuerpo hasta fundirme en una abrazo suave y unificador. Me siento caer pero estoy más sostenido que nunca.
Desde el silencio la vida se despliega asombrosamente más allá de mi. Independientemente. Maravillosamente, milagrosamente. Sobrepasado por la sabiduría que va dando forma, color y sonido a todo lo que existe de una manera tan delicada como perfecta.
Caigo en la cuenta que estoy acá, pero podría no estarlo. Mi vida no es algo que debería ser, sino un milagroso regalo. Me asombro de estar acá y la sorpresa me hace balbucear un «gracias».
Unificado y habitado. Momento trascendente y sagrado de conexión con esa intimidad tan íntima en mi, que me une a lo más íntimo de los demás y a la presencia divina que estaba escondida desde el comienzo de mi silencio.
Esteban Azumendi. Marzo 2021.
Foto: Ermita Franciscana Tafí del Valle (Argentina)