
«Las respuestas duraderas al trauma son el resultado no solo de la experiencia del miedo y la impotencia, sino de cómo nuestros cuerpos interpretan esas experiencias».
—Rachel Yehuda
No sobrevivimos al trauma como resultado de una toma de decisiones consciente. En el momento de la amenaza de vida, los humanos dependen automáticamente de sus instintos de supervivencia. Nuestros cinco sentidos detectan las señales de peligro inminente, lo que hace que el cerebro «encienda» el sistema de respuesta al estrés por adrenalina. Mientras nos preparamos para luchar o huir, la frecuencia cardíaca y la respiración aceleran el oxígeno al tejido muscular, y el «cerebro pensante», nuestra corteza frontal, se inhibe para acelerar el tiempo de respuesta. Estamos en «modo de supervivencia», en nuestros «cerebros animales». Más tarde, podemos pagar un precio por estas respuestas automáticas: lo hemos «logrado» pero anulando el registro de nuestra vulnerabilidad sentida en el fondo de nuestro corazón.
Después, nos quedamos con un registro confuso de lo que sucedió, con cierta secuela de malestar que se prolonga en el tiempo. Si tenemos apoyo y seguridad inmediatamente después, puede que podamos recuperar la sensación de seguridad básica perdida y recuperar nuestra valoración como persona. Los eventos sufridos se empezarán a sentir un poco más “atrás” de nosotros.
Pero si los eventos han sido recurrentes o somos jóvenes y vulnerables o tenemos un apoyo inadecuado, podemos quedarnos con una serie de intensas respuestas y síntomas que “cuentan la historia” sin palabras y sin el registro de que estamos reviviendo imagenes, pensamientos o sentimientos de hace mucho tiempo. atrás. Puede que queden interpretaciones equivocadas acerca de la propia responsabilidad, del propio valor como persona, de nuestra capacidad de defendernos o de la capacidad de tomar mejores decisiones hoy. Estas sensaciones derivadas inundan nuestro presente y nos hacen reaccionar de manera poco efectiva y desproporcionada, lo que afecta negativamente nuestra perspectiva del futuro.
Peor aún, el sistema de respuesta de supervivencia puede activarse crónicamente, lo que resulta en sentimientos de alarma y peligro a largo plazo, tendencias a huir o luchar bajo estrés, sentimientos debilitantes de vulnerabilidad y agotamiento, o una incapacidad para afirmarnos y protegernos.
Desde las décadas de 1980 y 1990, se han desarrollado nuevos paradigmas de tratamiento que tienen un impacto más directo en el legado somático y emocional del trauma.
EMDR. Desensibilización y reprocesamiento del movimiento ocular (EMDR), desarrollado en la década de 1980 por Francine Shapiro, es hoy uno de los métodos de tratamiento del trauma más populares y mejor investigados. Al igual que la psicoterapia sensoriomotora, EMDR no se centra en el recuerdo narrativo, sino en el reprocesamiento de elementos clave de eventos traumáticos, es decir, el legado.
Acá un vivo en Instagram con Tomás Ciminari de SENS, conversando sobre cómo «sanar el trauma».