«No acuses»

La acusación1 en la relación de pareja suele ser un erosionante poderoso.

Claramente, quien acusa se está sintiendo mal y dolido por algo. Hay algo que no está encontrando, y en algun sentido funciona como una protesta para recuperar la conexión. Si se acusa es porque «le importa la relación«, pero de manera inconsciente provoca lo contrario.

El problema con la acusación es que se presiona para que el otro, sospechado e «imputado» por su falta de amor, confiese su verdad oculta que no se anima a confesar:

  • «que no me quiere«
  • «que no le gusto«
  • «que no le importo«.

Este miedo visceral se encuentra en la base de la acusación, que se expresa con un formato de crítica agresiva hacia las supuestas malas intenciones del otro. La acusación es una «imputación relacional«: el otro es sospechado de «maldad«, «egoismo«, «indiferencia«.

Contradictoriamente, la acusación es muy poco efectiva. Su violencia genera una reacción defensiva en quien la recibe, ya sea minimizando el impacto o justificando su proceder. O aún peor, puede defenderse mediante un contra acusación lo que confirma la sospecha del primero: «es evidente, no me quiere». El acusador inicial puede replegarse o aumentar desesperadamente sus cargos en contra del otro. Comienza la escalada.

En otros casos, la acusación puede generar una culpa dificil de tolerar en quién la recibe, lo que lleva a un cambio apurado de conducta. Esto genera un apaciguamiento momentáneo dejando por lo bajo una tensión latente: «¿realmente lo hace porque me quiere o porque yo se lo exijo? Si realmente me quiere ¿no le debería surgir espontáneamente sin decírselo?». A pesar de las conductas reparatorias, la sospecha sigue en pie.

En otros casos, puede que directamente el acusado evite la confrontación replegandose en un hermetismo defensivo, con total desesperanza en el diálogo. «El que calla otorga«, y la supuesta indiferencia dá a entender al acusador que «ya no le importa«.

El acusador sufre asi la impotencia de su dolor. Murmura por dentro mientras por fuera constata cómo lo más deseado se vá alejando. Se resiente. Hasta puede sentirse con la consciencia tranquila ya que al menos «habla los problemas» pero sin registro del «modo agresivo» con que lo hace y el alejamiento que provoca de quién ama.

Finalmente, cansado de acusar y ver como el otro se aleja con cada reproche puede preferir desconectarse de la relación para no sufrir más. ¿Pero era eso lo que deseaba? Aunque pueda autoconvencerse de que es lo mas «saludable» distanciarse, queda una amarga tristeza.

¿Qué se puede hacer entonces?2

Es necesario que el que acusa se responsabilice de su conducta agresiva. Volverse consciente que ese «modo agresivo»  genera lo contrario de lo que desea.

Esto no invalida su necesidad latente, pero tiene que purificar desde donde se expresa para evocar una respuesta sensible y positiva en el otro.

La acusación es una tendencia de acción, no es una emoción. Aunque vaya cargada de enojo o dolor, intenta provocar un impacto usando lo que se siente para demostrar la maldad o incapacidad del otro: «¿No ves el dolor que me causas? ¿No te importa?».

Paradojicamente, cuando acusamos nos estamos protegiendo y escondemos nuestro lado más vulnerable. Se vé la crítica, pero no la necesidad. Se parece más a un dragón que escupe fuego cuando se siente amenazado para proteger su vulnerabilidad.

(En este video, se vé un perro de la calle abandonado y solo que primero es muy agresivo porque esta asustado hasta  que se deja cuidar, y vuelve a confiar. Asi también funciona nuestro sistema nervioso)

Sin duda un primer paso para desarmar la acusación es detenerse, ir más despacio y exponer algo de la tristeza que se siente antes de acusar. Dejar ver el dolor sin apuntar hacia los aspectos negativos de personalidad. Hablar en primera persona. No de lo que «pienso» del otro, sino de lo que yo siento cuando no encuentro eso que necesito y es tan importante para mí.

"Se vé la crítica, pero no se muestra la necesidad"

Muchos dicen que «exponerse» es peligroso. El problema no es exponerse sino la posibilidad de ser rechazado. Porque cuando uno se expone y es bien recibido y aceptado, es una de las experiencias más maravillosa que existen. Sin exposición no hay posibilidad de amor. Pero acusar es una manera de no exponerse. O de exponerse parcialmente, con la artillería por delante.

Una trampa frecuente para esquivar el riesgo de la exposición es creer que si no «sacude» primero al otro con su acusación el otro no se inmuta y sigue como si nada: «si yo no propongo, el otro nada«. Pero así el otro se pone a la defensiva y se aleja. Otra trampa es esperar que el otro se exponga primero, pero asi puede pasar el tiempo ( y los años) sin ninguna mejoría: «Que empiece ella primero ¿por qué siempre yo?

Se necesita de una decisión muy valiente para asumir el riesgo de exponerse vulnerablemente. Para ablandar la artillería del enojo y conectarse con emociones más tiernas como la tristeza, la vergüenza y el miedo que podrían evocar una mejor respuesta en el otro.

Transformar la acusación en un pedido.

Debajo de toda acusación hay un pedido: «¿Me ves? ¿Te importa lo que me pasa? ¿Te sigo interesando? ¿Puedo contar con vos? «.

Para algunas personas pedir es como acercarse al abismo. Porque es verdad que el otro pueda «no querer» o «no poder» responder lo que se le pide. Y cuando se pide hay que estar abierto a esa dolorosa posibilidad. Que no necesariamente habla de maldad o desinterés, sino de necesidades cruzadas o de momentos dificiles donde cada uno está lidiando con su propio estrés o dolor.

Porque la vulnerbilidad despierta la ternura y la compasión en el otro, no así la acusación. El pedido sin respeto es una exigencia violenta, que extorsiona bajo amenaza de abandono si el otro no responde como se le impone. Eso no es amor.

El reclamo saludable.

¿Y si ya lo pedí y no hubo respuesta? Necesito entrar en diálogo por medio del «reclamo»3. El reclamo presupone un acuerdo realista de ambas partes.

Primero hay que revisar si el otro realmente escucha y entiende lo que se pide. El otro no puede adivinar sino se dice. Puedo chequear si el otro escucho bien, y darme cuenta que el otro entiende otra cosa: en ese caso hay un «malentendido«. Hay que clarificar entonces si el mensaje fué el mismo. El arte de la «con/versación» es poner sobre la mesa dos «versiones distintas» e intentar una confluencia en el entendimiento mutuo.

Segundo, puede ser que el otro escuche bien lo que pido pero no pueda comprometerse a dar la respuesta pretendida. Se necesitan revisar las expectativas del que pide (explicitas o inconscientes) acerca de las posibilidades reales y consentidas del otro. Algunos cacaracterizan el enamoramiento como un estado «alterado de consciencia» donde se proyectan promesas sin limites de atención y cuidado. Se debe conversar para lograr un «acuerdo realista» de lo que cada uno puede dar, porque «el que avisa no traiciona«. El respeto en las posibilidades reales de estos acuerdos afectivos es algo sagrado, en continua calibración.

Tercero, puede que el otro haya entendido bien pero tuvo algun problema para responder. Hubo un pedido, hubo una promesa pero algo pasó y no sucedió. Si no damos por supuesta la «maldad» o la «indiferencia» del otro podremos comprender la situación y dar la posibilidad de que el otro pueda reparar su error. Entonces es válido hacer un «reclamo«: no para acusar al otro (re-criminar su maldad) sino para recordar lo que se había acordado y ver si hay alguna posibilidad de realinearse otra vez.

Cuarto, puede ser que el error haya sido tan grande que no se pueda reparar. Si solo queda el dolor de quien lo causó entonces se puede hacer un proceso de perdón. Sobretodo por beneficio de quién fué afectado por el daño, ya que siempre es el más perjudicado por quedarse con el veneno dentro. El perdón puede decidirse pero es un proceso afectivo muy largo y delicado que merece un capítulo aparte.

Hay «reclamos enfermizos» (acusaciones) que no ayudan a la relación «vos siempre igual… nunca te importa lo que me pasa… no te interesa estar conmigo…. etc«. Estas son recriminaciones bien globales y generales acerca del «ser» y de la personalidad negativa de la pareja. Quien lo pronuncia parece estar tan convencido de la falta de amor del otro que nada va a satisfacerlo. Pareciera que no le queda otra cosa que esperar decepción tras decepción. Y deja de esperar. Formulado de esa manera uno podría preguntarle ¿Y entonces porque te molestas tanto si el otro es tan malo como decís? En el fondo, sabe que puede tener una respuesta positiva (porque en algun momento la tuvo o la imagino, sino no protestaría). Pero de esta manera solo consigue que se aleje y así decepcionarse una vez más. La acusación y los reclamos enfemrizos actúan como un perfecto «mata pasión». ¿Quién quiere acercarse a alguien que quiere morderlo?

El «reclamo saludable» es muy distinto. Es algo mucho más tierno, mucho más profundo y mucho más claro. Tiene las siguientes caracteristicas:

  • Una descripción lo más objetiva posible acerca del perjuicio percibido: «pasó esto… y me sentí perjudicado en esto…«
  • Un expresión clara de lo que necesitaría o desearía al respecto «necesitaría/me gustaría que pudieras….«
  • La apertura para que el otro pueda hacer algun tipo de propuesta de reparación. Y acordar.

Se excluye todo tipo de acusación acerca de la deficiencia en el «ser» del otro y se enfoca en corregir una acción concreta. No exige ni impone, pero sí propone. Y se abre al diálogo.

Hay personas que tienen miedo de parecer «intensas» por pedir. Se guardan todo para adentro sufriendo en silencio sin saber si cuentan con el otro, hasta que explotan. Hay cierta creencia cultural que las personas tienen que trabajar «solas sus necesidades» . Esta creencia para justificar la incapacidad para hacer acuerdos en quienes las reciben para no sentirse culpables o insuficientes de «no poder» o no querer» responder.

El problema no es pedir o desear, sino cuando esta necesidad vá envasado con acusación y exigencia. Eso abruma al otro que contrataca, se justifica o se esconde. Hay que estar abiertos a lo que otro pueda dar, que eso sea claro y respetado a la vez. Asumiendo el duelo por dentro de lo que «me hubiese gustado que haga» . Debajo de muchas acusaciones hay una resistencia al duelo por aceptar al otro como puede ser en este momento. Tal vez mañana sea distinto, pero hoy es éste.

Es un gran arte saber pedir y hacer reclamos saludables. No se trata de acusar al otro sino de proponer bien. Nos necesitamos unos a otros. Y nos acompañamos en lo que podemos dar y también en lo que no llegamos. Somos humanos, sí. Por naturaleza somos bien intencionados, dado nuestro cerebro programado para la conexión emocional. Pero nos asustamos y hacemos lo que podemos. Necesitamos recuperar seguridad continuamente.

De esta manera se reconstruye la confianza, matriz fundamental de toda relación humana.

El resentimiento acumulado puede venir de la incapacidad para pedir «bien», de la incapacidad para aceptar acuerdos realistas y la incapacidad para aceptar la realidad con sus posibilidades y limites. La pareja, por más «divina» que sea es un ser de carne y hueso, con heridas también por abrazar.

La acusación endurece y aleja. La vulnerabilidad conmueve y acerca.

Esteban Azumendi.

  1. Ver el libro «Las siete reglas de oro para vivir en pareja» de J. Gottman. ↩︎
  2. Ver el libro «Abrazame Fuerte» de Susan Johnson, sobre la terapia de pareja. ↩︎
  3. Ver el libro «Ontología del lenguaje» de Rafael Echeverría, sobre el coaching. ↩︎

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