El perfeccionismo

El perfeccionismo no es una necesidad. Es una estrategia aprendida para evitar sufrir.

El perfeccionismo primario se dá en personas que no han tenido la experiencia natural del limite. No han aprendido a procesar lo que «no se puede«, ya sea porque nacieron con cualidades sobresalientes o porque en su entornos los veían con superpoderes: «siempre creí que me iba a ir bien en todo«. Son como bebés emocionales que al no salir de su casa no pudieron lidiar con los gérmenes del mundo exterior y así no desarrollaron anticuerpos. Esta sobreprotección los debilita, no los fortalece. Subsiste en el inconsciente una fijación a ese «pasado glorioso» que parece demasiado difícil soltar. Puede subsistir tambien una dependencia de esos «admiradores» de antaño, ahora interiorizados como «mandatos internos» que le exigen desmedidamente repetir los éxitos.

El perfeccionismo secundario viene a compensar limites duros y ásperos que se han sufrido, en un segundo tiempo. Han sufrido el dolor del limite y para evitarlo intentan anticipar todo margen de riesgo. Es un esfuerzo atroz, que puede resquebrajarse cuando aparecen las fallas inevitables de la realidad: «Si tengo todo bien planeado no sufriré«. Relajarse es sinónimo de riesgo. Por otro lado, se han sufrido vínculos muy críticos donde «nada era suficiente» y esa mirada crítica se ha internalizado. Por eso viven en alerta ante cualquier posible ataque: «si hago todo perfecto no podrán criticarme en nada».

En otros, el perfeccionismo secundario es algo instrumental en los vínculos. Se hace «uso» de la perfección pero para compensar un sentimiento de inferioridad: «si te critico demuestro que vos sos menos y yo soy más«. Subsiste el miedo a ser «uno más del montón«, pudiendo perder el lugar de «seres especiales», aumentando los riesgos de ser rechazados por eso. Cualquier critica es recibida con dolor y resentimiento.

En otros, el perfeccionismo instrumental puede ser una manera de evitar el abandono: «si primero me critico a mi mismo, el otro no se molestará conmigo y me seguirá queriendo«. Este mecanismo quita objetividad a la autoevaluación con el sentido de ubicarse siempre por debajo de la expectativas del otros para asegurar el afecto. Prefieren asumir ellos mismos sus fallos antes que ser sorprendidos en falta y ser criticados desprevenidamente. Prefieren pedir perdón (aunque sea en exceso) y restarse derechos aunque el otro no se sienta perjudicado.

En todo los casos el perfeccionismo se expresa como tensión, irritabilidad e impaciencia. El sistema nervioso está activado: el cerebro limbico1 siente miedo y la corteza prefrontal sobreanaliza los detalles intentando controlar hasta el extremo la adaptación a la realidad.

El perfeccionista no es malo, solo está asustado. Cuando el perfeccionismo colapsa como estrategia compensatoria sobreviene la vergüenza y el miedo al ridículo. El control excesivo está al servicio de anticipar y evitar cualquier situación de humillación frente a los demás.

"¿Qué pasaría entonces si no logro ser eso que quisiera ser? 
¿Podré sobrevivir? ¿Me seguirán queriendo?"

Antídotos.

Una manera ineficiente de regular este miedo es la sutil adicción al reconocimiento, a la aprobación y al aplauso. Funcionan como «calmantes» y «sedantes» cuando la inquietud perfeccionista se hace presente. El problema es cuando estos calmantes ya no están accesibles y sobreviene la «abstinencia». Pueden ponerse en riesgo a sí mismos exigiéndose por demás, con tal de encontrar una nueva «dosis» de aprobación que regule la ansiedad perfeccionista.

Un primer antídoto saludable pasa por limpiar las distorsiones en la percepción de la realidad. No solo para «darse algunos permisos» sino para ajustar su percepción a los límites y posibilidades de la realidad objetiva. Sin optimismos ingenuos ni pesimismos catastróficos: siendo realistas. El perfeccionista vive en un «ensueño» y necesita despertar a la realidad. Necesita atravezar el duelo por ese «ideal» para amigarse con lo posible y sus límites. Necesita revisar sus «creencias» aprendidas de como debe ser todo para sentirse seguro.

Pero el segundo antídoto (y el más eficiente), es descubrir una mayor seguridad afectiva en los vínculos. El cerebro límbico, asustado por la posibilidad de rechazo o abandono, se calma cuando encuentra aceptación y protección en su manada (ya sea en sus vínculos presentes o en sus recuerdos). Es desde esa calma donde la corteza prefrontal2 se relaja y no necesita estar midiéndose en cada pequeño detalle:

"Si sentimos que somos queridos por como somos...
¿Que necesidad hay de ser perfectos?"

Es una calma biológica que se produce naturalmente, por sintonización de sistema nervioso a otro sistema nervioso lo que permite flexibilizar esas exigencias que parecen tan rígidas. Es por eso que algunos «exigencias» se «acentúan» o se «aflojan» dependiendo del grupos personas en que se encuentran: «depende con quien estoy a veces me vuelvo más o menos perfeccionista» . Es fundamental estar vinculado a grupos humanos saludables e inclusivos.

Muchos pueden razonar y entender que sería mejor no exigirse tanto. Pero su cerebro emocional les alerta y empuja a no relajarse anticipando los riesgos que eso traería. Somos tan mamíferos que por eso una saludable pertenencia puede hacernos tanto bien.

El perfeccionista necesita volver a sentirse «seguro en casa» para aflojarse y relajarse.

Esteban Azumendi

  1. El sistema límbico es el cerebro prereflexivo y automático compartido con los animales, cuyas reacciones condicionadas son producto de los aprendizajes adquiridos en el desarrollo. Es la sede de las emociones, del miedo y la seguridad afectiva ↩︎
  2. La corteza prefrontal son las funciones cognitivas del pensamiento y la voluntad, que inhiben o resuelven las necesidades e impulsos del cerebro límbico. ↩︎

Fuentes:

  • «Avances en psicoterapia psicoanalítica» de Hugo Bleichmar (psicoanalista)
  • «La teoría polivagal en psicoterapia», de Deb Dana.

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